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Un Mundial diferente. Se nos acabó el mundial y cualquier desprevenido aficionado al deporte podría pensar que ya era suficiente de patinaje. Patinaje en la radio, en la mañana, en la tarde, en la noche, en los mejores horarios. Patinaje en la TV, en directo, en los noticieros. La abuelita lloraba, la mucama tenía los ojos desorbitados, la tía pedía un pañuelo, papá y mamá en el patinódromo, el alcalde, mi capitán de la policía, el botones, todos en el pueblo patinaban como fuese. Qué alegría, que emoción, que delirio, que orgullo. Las penas quedaron mitigadas por ocho días que parecía que nunca llegaban, Agosto 17 al 25, fecha ansiada por largos meses y que se fueron y casi no nos dimos cuenta. Todos querían ganar. Yo, quien estas líneas escribe, fui uno de los pocos escépticos después del segundo día que pintaron de azul, blanco y rojo los y las coreanas. Auguraba un mundial sufrido con 2° puesto. No apostaba pero me equivoqué. Y que se tenga duro el fútbol, porque los que no saben o no conocen a la Colombia de hoy, les cuento que de ahora en adelante, si la dirigencia así lo quiere, vamos camino a deporte nacional. Vengan extranjeros de todas las latitudes, visítennos para que vivan en carne propia esta excitante experiencia del patinaje en nuestro suelo patrio. El asombro por el lado positivo, será vuestra primera dulce mueca. Después no van a querer dejarnos. O al menos querrán llevarse un pedazo de esta bendita tierra. Quedan invitados.
Pero, oh! ineluctable el tiempo que transcurre. Se nos acabó el mundial, dejándonos un manto inconsútil cual “body” de patinador en las espaldas. Y ganamos todos. Patinadores cargados de medallas, otros de experiencia, otros de ganas de desquite en Gijón. Algunos, estoy casi seguro, se habrán alzado con un amor en medio de las ruedas, inmersos en esta babel de idiomas inaudibles, y entonces, se hizo uso de los emails que van y vienen, teléfonos, direcciones, sonrisas untadas de gloria, miradas furtivas, mejillas con labial, besos escondidos, llanto de todos los tipos. Hubo de todo. Iraníes con típicos atuendos y “exquisitos” olores en la axila, un solitario Israelita, amable y cándido, sabedor de su limitación sobre las pistas. Y hubo algunas y tal vez muchas rabias. La del perdedor obsesionado con mantener un registro casi que imposible, un bambino de apellido Duggento, que lanzó con la rabia saltándole en el pecho, su caso tipo “Amstrong” hacia el cielo por no alcanzar la gloria que tenía preparada en su lucha desmedida contra el reloj. Un tal Causil, muchachito colombiano, alegre, jocoso, ambicioso y serio en medio de su ingenuidad que dijo: “cómo es que se gastan como 5.000 millones y no nos compran un cronómetro serio de dos o tres millones”, los jueces le cortaron las alas en una de esas situaciones a veces impensables. Un “green go”, un tal Mantya, no solo hijo del viento, sino del trueno, de la velocidad de la luz, hijo directo de los dioses, hijo de una centella, de una ráfaga, de una saeta española, cortante como un boomerang, ágil cual gacela, “gremlin” americano, dios del fondo, amo de la pista, rey de reyes, Hedrick se estremece en silencio cuando corres para la historia. Y hubo dos pequeñas reinas de reinas, la Briggitte, la misma Méndez, mimosa, líder entre campeonas, fuerte y rápida, que corrió con rabia detrás de un metal dorado que alcanzó en una ruta eliminadora de 20000 gloriosos metros, una mujer que amamos desde el primero hasta el último de sus ciento cincuenta y cinco centímetros. Y la otra pequeña MARIA CLAUDIA SALAZAR, oh reina de ojos de vino y almendra, de sonrisa de sol coqueto y deslumbrante, toda talento, toda amabilidad, toda ternura, aprendiz de muchas glorias por venir, ave rápida, esmeralda que apenas empieza el proceso de pulimento y ya es piedra preciosa y codiciada. Lágrimas lloré. Yo, a quien nada humano me es ajeno, lloré. Sí, lloré la tarde en que un tal y juvenil de apellido Izquierdo y nombrado Joseph, hijo de mi tierra, humilde y emocionado, sencillo y soñador, a quien cinco minutos antes de acariciar su oro, ví calentar subido en una bici estática, mirando al horizonte como buscando la línea final. Y Me dijo: “voy por ella”. Y la cruzó de primero y la lágrima nació en mis ojos como si fuera mi hijo. Gracias morochito con sabor a café, a caña, a cholado, a pasta de muñeca. Y me pudiese extender con tanto artista de la velocidad y la estrategia. Pero dejemos hasta aquí esta historia de campeones y hagamos un pequeño, superfluo y rápido balance de lo que significó esta justa deportiva para Cali. La ciudad ganó y ratificó que es deportiva por excelencia. Amable Cali, llena de alegría por todas sus arterias, genuina, actriz de papel protagónico en esta fiesta. Cali la bella, de mujeres que pintan los rostros de sorpresa por su gracia, que al visitante embrujan en cada sonrisa y en cada mirada. Las caleñas son como las flores y quien dice lo contrario. Cali insegura pero segura. Cali violenta pero que de alguna manera se ganó este round por el buen nombre, es decir, aquellos pocos desgraciados que nos mortifican la vida a diario, les callamos o se callaron para bien de la fiesta del patín. Cali con un nuevo escenario para que su liga y dirigentes de turno, mantengan un liderazgo que debe permanecer en el tiempo. Otros actores y dirigentes recibirán mi crónica aparte. Pero todos ganamos porque siempre la experiencia es capitalizable.
Salud visitantes extranjeros y coterráneos que nos visitaron. Les dejamos las puertas abiertas para que no tengan que pedir visa ni permiso para el próximo regreso. Viva el patinaje. Salud por este banquete de alegría en ruedas de patín.
Luis Clément desde Cali |
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