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Año: 1983 Lugar: Mar del Plata - Patinódromo, Chapadmalal, Complejo del Casino, Sacoa Banda de sonido: Maniac , Michael Sembello >> / Sweet Dreams, Eurythmics >> Como les vengo contando en los anteriores capítulos, la competitividad en las categorías inferiores sanjuaninas era extrema, al tiempo que el número de participantes iba mermando. Para colmo de males en esa temporada ninguno de los veteranos patinadores con un mínimo de experiencia estaba disponible para entrenarnos, así que mi cuñado Riera tuvo que hacer las veces de coach, con mas buena voluntad que otra cosa. Pero nada de eso me turbaba en demasía: mi motivación para no faltar a los entrenamientos seguía siendo la misma, solo que ya se estaba transformando en obsesión… así como a los personajes codiciosos de los dibujitos animados en presencia de plata les aparecía el signo “$” en los ojos, en los míos no había mas que culos y tetas. Tanta calistenia, el normal desarrollo físico y las miles de vueltas alrededor del Huarpes iban surtiendo efecto: a esta altura ya era capaz de patinar incluso mas rápido que la mayoría de las minas, pero me hacía el lento con tal de meterme en el pelotón de ellas. Ah, que lujuria! Rozarles la espalda, asirlas por la cintura o sentir sus manos en la mía, deleitarme con el roce de sus cabellos en la cara, embelesarme con sus embriagantes perfumes adolescentes… No había quien me sacara de ese pelotón, odiaba que los entrenamientos tuvieran un final. Patinar era una experiencia sumamente sensual para mi… menos mal que en esa época todavía usábamos shorts anchos y no se notaban mucho los entumecimientos.
Como comprenderán, con esas premisas mi derrotero hacia la excelencia deportiva no podía ser mas precario. Aún así seguía mejorando lenta pero inexorablemente, superando uno a uno mis adversarios directos. Pero todavía había unos cuantos por encima de mí en el escalafón local, y al Nacional de Mar del Plata iban solo los cuatro mejores. Un día, durante una fecha del campeonato sanjuanino, en la segunda o tercera contrarreloj de mi vida me tocó como juez de largada el gran Tito Morales, a quien conocía solo por su fama de corredor sublime y respetaba infinitamente. A pesar del semblante serio y profesional, el Gordo se saltó el protocolo y me sorprendió gratamente, acercándose para hablarme. Hablarme a mí, no lo podía creer! Más increíble fue lo que me dijo: “Joven, Usted está llamado a ser un gran velocista”. Esas fueron sus palabras antes de cronometrarme. Me tomó un momento asimilarlas, ya que hasta ese momento ni sabía lo que era un velocista. Se me iluminó la lamparita y me dí cuenta el porqué adoraba los piques rápidos y cortos, el porqué me aburrían y cansaban las carreras largas. En ese instante, milésimas de segundos antes de largar, decidí que las contrarreloj eran lo mío. Con las pilas super cargadas, salí al mango y corrí mejor que nunca. Batí mi record personal y le gané por primera vez una carrera al Paja Alfani, que hasta ese día me tuvo de hijo y que no mucho mas tarde también abandonó el patinaje, cuando le empecé a ganar habitualmente.
La fecha del Nacional se iba acercando, habían iniciado los selectivos para conformar el equipo sanjuanino. Imagino que los otros chicos soñaban la gloria, las medallas, el podio… Por mi parte no veía la hora de ponerle el ojo (y algo mas, dios mediante) a las divas rosarinas y porteñas, cuyos encantos y atributos me habían sido pormenorizados por los Pocitanos >> y quienes ya habían participado en un Argentino. No obstante, me esforcé todo lo que pude en subir por el rango de la categoría y ganarme al menos la cuarta plaza, la del suplente: no estaba dispuesto a sufrir la vergüenza de quedar afuera otra vez! Dentro de mí sabía que lo había conseguido, los tres puntales titulares eran indiscutiblemente superiores a todos los demás, pero detrás de ellos el puesto era mío, cabía poca especulación. Por fin llegó el día del anuncio oficial: el torneo sería doble, se disputaría en simultánea a las carreras el nacional de hockey. Por lo tanto la delegación sanjuanina iría al completo en un solo ómnibus, pero como los de hockey eran mas importantes y necesitaban mas asientos, el equipo de carreras de cada categoría estaría limitado a tres corredores. Hubiera querido que alguien le sacara una foto a mi cara en ese momento!
No aflojé. Pasé unas semanas de mierda, pero en ningún momento se me pasó por la cabeza abandonar. Seguí entrenando con los chicos, o mas bien con las chicas: creo que gracias a ellas no tiré los patines al carajo. Otra vez tuve que soportar la entrega de camisetas oficiales y el homenaje a los intrépidos atletas que nos representarían frente al país entero. Dos días antes que saliera la delegación, mi cuñado se me arrima con cara de pícaro y me larga esto: “Se liberó un lugar en el bondi. Vas a Mar del Plata”. No sé a quién le pagó ni cuánto, pero le voy a estar eternamente agradecido... Estoy seguro que me llevaron de lástima, nomás.
De ese campeonato en sí tengo recuerdos mas bien fragmentarios, que mejor voy a enumerar sin orden ni concierto:
- Todas las delegaciones se alojaban en Chapadmalal. Fue lindo convivir unos días con tantos patinadores juntos, aunque a las famosas rosarinas y porteñas las alcancé a ver durante escasos segundos. Fue suficiente, doy fé. - Era pleno invierno y hacía un frío insoportable. Para correr protegidos, nos tuvieron que comprar esas odiosas mallas de lana para ballet, sobre las cuales nos poníamos gruesas medias de fútbol y pantalones cortos. Mas ridículos, imposible. - Antes de iniciar el campeonato, todas las delegaciones desfilamos en patines por la peatonal, como si fuera un mundial. Hubiera sido emocionante, lástima que nos congelamos. - Fue la primera y última vez que corrí con ruedas de madera. - El equipo estaba formado por Pucará Riera, Buby Suárez, Mauricio Palacios y un servidor. Por varios motivos (fundamentalmente trampas y correr prácticamente solo), Pucará no pudo repetir el exploit del campeonato anterior >>, y tampoco en las demás categorías nos fue bien. Como Mauricio no se sentía bien en esos días, ocupé su lugar y alcancé a competir en un par de carreras. No llegué último, ni penúltimo. Ese era normalmente el puesto de los neuquinos. - Nuestro equipo de hockey, para variar, ganó por afano. Varios de esos jugadores años mas tarde saldrían campeones olímpicos (en 1992) y mundiales. En la que fue su última presentación en torneos nacionales (de varones), el equipo cordobés quedó último, y yo era el único que iba a hacerles barra. Daban pena, los pobres. - Carina >> no fue, y las otras sanjuaninas se las daban de divas, así que a falta de minas, mi pasatiempo favorito era jugar con los flippers de Sacoa. - Fuimos a visitar al viejito italiano que fabricaba esas botas que usaron generaciones enteras de patinadores argentinos. ¿Alguien puede recordarme como se llamaba ese gran artesano? - Con mi cuñado, claramente un apasionado del deporte, también fuimos a ver a ese tal señor Lugea. Lo que mas me impresionó de su casa fue el montón de premios, y la ingente cantidad de libros que tenía apilados en varias habitaciones. Carlos nos dio una charla interesantísima; lo dejamos con algunos tomos debajo del brazo y muchas recomendaciones útiles. Ese día de invierno del ‘83, durante una breve visita, Lugea me transmitió su pasión y me contagió la vocación de ser entrenador. A mi regreso a casa leí sus libros, esos libros despertaron mi interés en otros, y desde entonces no he dejado de instruirme. Gracias Maestro!
M. Bresin |
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