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Espero que estas memorias ochentosas -y su banda de sonido original- hayan divertido a alguien, traído buenos recuerdos a alguien mas, pero sobre todo enseñado una o dos lecciones a algún/a joven patinador/a… Si mis relatos les parecieron absurdos o inverosímiles, como apunté en el prólogo son en realidad lo mas objetivos posible, lo mas cercanos a la verdad que puedo recordar considerando mi avanzada edad (aunque quedan los testigos y las fotos). Y sepan que todas estas aventuras increíbles no son mas que una parte infinitesimal de lo que viví a partir de mi mudanza definitiva a Europa. En menos de un año ya estaba cobrando mi primer cheque por correr con algunos de mis ídolos deportivos, obteniendo mi primera licencia de entrenador y estableciendo marcas en los 300 que porteños y marplas ni soñaban con alcanzar!
No obstante, alguien se tomó la molestia de indicarme que algunos de mis relatos suenan a resentimiento momificado. Puede que haya algo de eso, pero mas que nada detesto la injusticia, por ende aborrezco a los tramposos. Vayan enterándose los sucios dirigentes que usaron estratagemas para beneficiar a sus protegidos, los jueces que aceptaron coimas o favores a cambio de dejar ganar a tal o cual, y los atletas que recurrieron al doping o fraudes con tal de ganar en aquellos años (y en estos también): sus títulos y honores valen tanto como ustedes, o sea nada.
Algún otro lector podría argumentar que lo mío huele a lamento de atleta frustrado: por si todavía no quedó claro con lo que leyeron hasta ahora, jamás me consideré un gran corredor. Siempre fui uno del montón y lo sigo siendo, porque ningún título mundial valdría para mí el contenido de una bombacha (si las dos cosas equivalieran, ya sería un Chad!). El patín siempre estuvo en el tercer o cuarto lugar de mi orden de prioridades (ya habrán adivinado la primera, no?). Pero tampoco me gusta rendirme o dejar las cosas hechas a la mitad. En una de mis últimas visitas a San Juan, frente a unos vinitos, con algunos de los viejos leones del patín local estuvimos rememorando las cualidades de algunas de las grandes y medias figuras que menciono a lo largo de mi antología de desventuras patineras. Que aquel hacía unas curvas impecables, que este tenía una largada impresionante, que ese otro era un gran fondista… Al final de la lista me tocó el turno: durante un largo y embarazoso momento nadie supo que decir de bueno sobre mí, hasta que Dante Morales apuntó que mi mejor cualidad –por caso única- es la perseverancia. Posiblemente tenga razón: a pesar de todas las que pasé y de no haber ganado nada, nunca dejé de patinar. Estuve pocos años sin competir y a los treinta pirulos pasados se me ocurrió volver a hacerlo, nada menos que con un equipo de la WIC. Y acá sigo todavía, a los cuarenta y pico promoviendo aún mi deporte como puedo, puteando a los mismos viejos inútiles que siguen haciendo daño, entrenando mi propio equipo de jóvenes atletas, cumpliendo mi sueño de competir sobre hielo (en veteranos, claro está)… y logrando ponerme un enterito sin parecer una mortadela. ¿Cuántos de mis adversarios y compañeros de los ochenta pueden decir lo mismo? Este deporte me dio mucho y me costó mucho, pero ¿quién me quita lo bailado?
Gracias por leer.
M. Bresin |
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